Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios (si los hay). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics o YouTube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de Privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de Privacidad.

La prima por plazo como termómetro de la incertidumbre financiera

Un indicador poco conocido del mercado de bonos está enviando señales de alerta sobre la incertidumbre económica. La prima por plazo llegó a su nivel más elevado desde 2014, aunque los expertos todavía debaten si refleja riesgos reales, mayor temor entre los inversores o factores técnicos.

Los mercados financieros no siempre muestran sus señales de advertencia a través de las caídas bursátiles o de los cambios bruscos en los tipos de interés. En ocasiones, las pistas más relevantes aparecen en indicadores que pasan inadvertidos para buena parte del público, pero que ayudan a comprender cómo los inversores evalúan el futuro de la economía.

Uno de ellos es la prima por plazo, una medida que estima la compensación adicional que exigen los inversores para mantener bonos del Tesoro estadounidense a largo plazo, en lugar de asumir una exposición equivalente mediante inversiones de menor duración que se renuevan periódicamente. Su reciente ascenso hasta niveles que no se observaban desde la primavera de 2014 ha despertado inquietud entre economistas y participantes del mercado.

El incremento coincide con un escenario global caracterizado por la deuda pública, los roces geopolíticos, los interrogantes en torno a los efectos de la inteligencia artificial y las previsiones inflacionarias. Pese a ello, aún no se cuenta con una causa concluyente acerca de qué factores están propulsando el índice ni sobre la magnitud de sus consecuencias en la economía.

Qué es la prima por plazo y por qué importa

Para comprender este concepto, resulta útil visualizar a un inversor con la intención de colocar su capital a lo largo de diez años. Existe la opción de comprar directamente un bono del Tesoro a 10 años, o bien optar por uno de menor plazo y reinvertir el dinero en el momento de su vencimiento. A pesar de que ambos caminos cubren un lapso equivalente, sus riesgos y los beneficios que pueden generar no coinciden de manera obligatoria.

Un bono a largo plazo expone al inversor durante más tiempo a factores como los cambios en la inflación, las expectativas sobre los tipos de interés y las variaciones en la percepción de la solvencia fiscal del Gobierno. Si las condiciones económicas cambian de manera inesperada, el valor de ese activo puede verse afectado.

Por esa razón, algunos inversores exigen una rentabilidad adicional para comprometer su dinero durante periodos prolongados. Esa compensación es lo que intenta medir la prima por plazo.

El indicador no debe confundirse con la rentabilidad global de un bono ni con una previsión directa de una crisis. Hablamos de un cálculo cuyo propósito radica en aislar la compensación vinculada al peligro de conservar deuda a largo plazo de aquellas proyecciones sobre el porvenir de los tipos de interés a corto plazo.

Su interpretación tampoco es sencilla. Los modelos utilizados para calcularla pueden producir resultados distintos, ya que dependen de supuestos estadísticos y de la información disponible. Aun así, cuando la prima aumenta considerablemente, puede ofrecer pistas sobre las condiciones financieras y el grado de incertidumbre que rodea a las inversiones de largo recorrido.

Basándose en un par de pautas metodológicas de la Reserva Federal de Nueva York y la Reserva Federal de San Francisco, la prima por plazo llegó a cotas que no se registraban desde 2014. El alcance de esta variación ha acaparado las miradas debido a que surge tras años de sucesos económicos atípicos, tales como la crisis sanitaria y el posterior brote inflacionario.

Inquietudes financieras que preocupan a los inversores

Una posible causa de este aumento es que los inversores estén otorgando mayor probabilidad a contextos económicos complejos de prever. El auge de la inteligencia artificial, por citar un caso, fomenta desembolsos colosales y remodela diversas industrias, aunque el impacto definitivo de esta tecnología en la productividad, el mercado laboral, la inflación y la expansión económica a futuro continúa generando dudas.

A esa transformación se suma la preocupación por el endeudamiento de los gobiernos. El Fondo Monetario Internacional advirtió sobre los riesgos que representa el aumento de la deuda pública mundial y las dificultades que pueden surgir cuando los compromisos financieros crecen sin una estrategia fiscal sostenible.

Una carga de deuda elevada puede limitar la capacidad de los gobiernos para responder a una desaceleración económica. Además, si los inversores consideran que será necesario ofrecer mayores rendimientos para atraer compradores de bonos, el coste de financiación del Estado puede aumentar y trasladarse a otras áreas de la economía.

La coyuntura geopolítica introduce un factor adicional de incertidumbre. Los roces vinculados a Irán y la potencial amenaza de nuevos cortes en el aprovisionamiento energético amenazan con encarecer los carburantes y el crudo. Por regla general, una subida sostenida de la energía repercute directamente en los gastos de producción, transporte y distribución, incidiendo de este modo sobre la inflación.

Si las presiones inflacionarias se intensifican, los bancos centrales podrían verse obligados a mantener los tipos de interés elevados o incluso aumentarlos. Esa respuesta encarecería el crédito para las empresas y los hogares, con posibles consecuencias para la inversión, el consumo y el crecimiento económico.

El desafío sería especialmente complejo si la economía se desacelerara al mismo tiempo que persistieran las presiones sobre los precios. En esas circunstancias, las autoridades tendrían menos margen para estimular la actividad sin correr el riesgo de alimentar nuevamente la inflación.

Joe Brusuelas, economista jefe de RSM US, ha señalado lo complicado que resulta integrar los sucesos geopolíticos en los modelos económicos. Tales eventualidades tienen la capacidad de transformar velozmente las expectativas y trastocar las proyecciones basadas en información histórica, complicando así la previsión de sus repercusiones en los mercados.

¿Mayor riesgo real o más temor en los mercados?

Aunque el incremento en la prima por plazo puede interpretarse como un indicio de cautela, por sí solo no evidencia que el entorno económico resulte más riesgoso para los inversores. Otra alternativa radica en que los actores del mercado reclamen un mayor resarcimiento debido a su menor predisposición a tolerar riesgos.

Dicha diferenciación resulta clave. El costo adicional representa un cálculo sobre la retribución que exigen los mercados, más que un cálculo directo acerca de la posibilidad de que se desate un colapso.

Thierry Wizman, economista de Macquarie Group, ha advertido que un aumento de la prima no debe interpretarse automáticamente como evidencia de un incremento equivalente del riesgo real. También puede indicar que los inversores se han vuelto más adversos a la incertidumbre.

La dinámica de los mercados sirve para comprender dicha disparidad. Mientras los parqués registran máximos y la economía da muestras de solidez, ciertos inversores optan por blindar sus carteras frente a posibles giros de timón. Tal inclinación defensiva suele apreciarse en la gestión de la renta fija, y esto ocurre aun cuando todavía faltan indicios patentes de enfriamiento financiero.

Nigel Green, máximo responsable de DeVere Group, ha advertido que el interés por la cobertura suele acumularse mientras las cotizaciones de los activos se mantienen en aparente calma. En el momento en que surge algún acontecimiento imprevisto que altera las previsiones, las correcciones tienden a sucederse de manera drástica en vez de repartirse de forma paulatina con el paso del tiempo.

No obstante, el comportamiento de los inversores no siempre anticipa correctamente los acontecimientos. Los mercados pueden sobrestimar algunos riesgos, reaccionar con retraso ante otros o cambiar de dirección cuando aparecen nuevos datos económicos.

Los factores técnicos también pueden explicar el aumento

Existe una tercera alternativa: que este cambio obedezca, al menos en parte, a cuestiones técnicas y a las restricciones propias de los modelos empleados para estimar la prima por plazo.

El indicador se obtiene a partir de estimaciones que intentan distinguir entre la trayectoria esperada de los tipos de interés a corto plazo y la compensación adicional incorporada en los rendimientos de los bonos de mayor duración. Como esa separación no puede observarse directamente, el resultado depende de la metodología empleada.

Neil Shearing, economista de Capital Economics, ha señalado que identificar con precisión los factores que impulsan la prima resulta complicado precisamente porque representa un componente del rendimiento que no se explica por las expectativas sobre los tipos de interés futuros.

También es posible que intervengan las transacciones de grandes fondos de inversión, las variaciones en la necesidad de bonos soberanos y los reajustes de carteras al concluir ciclos financieros específicos. Tales maniobras tienen la capacidad de modificar de forma transitoria la balanza entre la oferta y la demanda, sin que esto signifique un empeoramiento ineludible del panorama macroeconómico.

Por consiguiente, culpar de toda la subida exclusivamente a los conflictos mundiales, la inteligencia artificial o los pasivos financieros resultaría apresurado. Es probable que múltiples factores actúen de manera conjunta, cuyo peso específico aún resulta imposible precisar con exactitud.

Qué puede anticipar este indicador sobre la economía

El avance de la prima por plazo merece atención porque los rendimientos de los bonos del Tesoro influyen en numerosas condiciones financieras. Cuando aumenta el coste de la deuda pública a largo plazo, también pueden encarecerse las hipotecas, los préstamos empresariales y otras formas de financiación vinculadas a esos rendimientos.

Si ese encarecimiento se mantiene, las empresas podrían aplazar proyectos, los consumidores podrían reducir ciertos gastos y los gobiernos tendrían que destinar más recursos al pago de intereses. La intensidad de esos efectos dependerá de cuánto suban los rendimientos, durante cuánto tiempo permanezcan elevados y cómo respondan los bancos centrales.

Sin embargo, el indicador no permite establecer por sí solo cuándo ocurrirá una desaceleración ni anticipar con precisión la dirección de los mercados bursátiles. Para interpretar su evolución, es necesario analizarlo junto con la inflación, el empleo, el crecimiento económico, las expectativas monetarias y la demanda de bonos.

La principal conclusión es que la prima por plazo ofrece una señal de incertidumbre, pero no una respuesta definitiva sobre el futuro. Su ascenso puede reflejar una combinación de riesgos económicos, cambios en la percepción de los inversores y movimientos técnicos del mercado.

En un escenario internacional cada vez más enrevesado, seguir de cerca este baremo resulta de gran ayuda para entender la evolución de la confianza depositada en las colocaciones a plazo. Pese a todo, averiguar si se trata del preludio de una crisis financiera más profunda exigirá examinar su trayectoria a corto plazo y ponerla en perspectiva frente al conjunto de los indicios económicos.

Por Gabriel Santos